Mi mini-monólogo de hoy: ¡Hoy voy a dormir!

¡Hoy es miércoles, día de mini-monólogos! Esta vez lo acompaño de imágenes, decidme qué os parece.

3, 2, 1… Empezamos.

Os pongo en situación, el peque tenía tres semanas. Seguíamos con la lactancia materna exclusiva. Comía, sin excepción, cada 3 horas: día y noche, y yo necesitaba dormir, tanto como Scrat (la ardilla de Ice Age) necesita a su bellota para sobrevivir.

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Las parejas sin hijos, no tienen ni idea

El otro día lo hablaba con una amiga: cómo las cosas más sencillas se han complicado al tener el cachorro.

Antes, para meterme en el coche: abría la puerta, me sentaba, cerraba la puerta, cinturón y listo. Ahora, tendríais que vernos, especialmente si llueve o hace frío: mi marido y yo recordamos nuestra estrategia, como cuando un día jugamos al paintball. Tú el niño, yo el carro. Niño que llora. Puerta del maletero que no se cierra. Juguete que no encontramos. Cerramos puerta del maletero. ¿Y el chupete? Abrimos puerta del maletero. Mensaje a nuestros amigos: “llegamos tarde, lo siento”.

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Lactancia, en primera persona.

La lactancia es un tema muy amplio que nos dará mucho de qué hablar, pero hoy me gustaría centrarme en mi experiencia. Desde el principio yo lo tenía claro: si puedo darle el pecho, se lo daré. Sino, no pasa nada. Mi madre no me pudo dar pecho, y aquí estoy, tan bien (hay teorías al respecto). Y, por suerte, llevamos así casi 5 meses.

El pediatra en la revisión de los 4 meses nos recomendó seguir con lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses, y yo me lo he tomado al pie de la letra, aunque no me imaginaba todo el sacrificio implícito.

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